miércoles, 9 de julio de 2014



Julio Le Parc: un juego de luces, frente a los ojos de los demás





A 14 años de su última retrospectiva en el país, el argentino radicado en Francia despliega en dos salas del Malba el conjunto de instalaciones lumínicas que mejor lo definen; Lumièrese podrá ver hasta octubre
Por   | LA NACION
Disfruta tanto de la relacción directa entre la obra artística y el público, que uno de sus desvelos es que haya un "libro de oro" para que la gente pueda dejar sus impresiones en el vestíbulo del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, donde se desarrollará la muestra Lumière, desde pasado mañana y hasta el 6 de octubre.
Desde el inicio de su carrera, allá por los 60, Julio Le Parc ha privilegiado el trato directo con el espectador, relegando la opinión de críticos, coleccionistas o directores de museos. Le cabría perfectamente la definición de moda: "democratizador", en este caso, del arte.
Espigado, con sus infaltables boina y bufanda negra y la picardía intacta, Le Parc recorrrió ayer con LA NACION las dos salas en las que se podrán ver sus trabajos sobre la luz creados en las décadas del 60 y del 70 en París, y que pertenecen a la colección Daros Latinamericana, con sede en Zurich y casa de exposición en Río de Janeiro, donde se vieron durante casi todo el verano.
Es la cuarta retrospectiva de su vasta obra en nuestro país y en el Malba, que ya atesora algunos trabajos suyos. Da respuestas tan sencillas que pareciera un espectador más de su propia creación y se permite fantasear con la posibilidad de jubilarse, aunque sabe bien que no se retirará jamás.
La exposición que llega a Buenos Aires está integrada por 17 proyectos. Es algo más chica que la de Casa Daros, en Botafogo, por la que pasaron unas 55.000 personas a conocer 32 instalaciones cinéticas y lumínicas. Y es bastante más chica que la del Palais de Tokyo, que incluyó otras temáticas y propuestas de su trayectoria y por la que desfilaron 170.000 espectadores en menos de tres meses.
Evita hablar de sí mismo y se enfoca en sus proyectos. Para referirse a Le Parc, hay que hablar con Hans-Michael Herzog, director artístico y curador de la Colección Daros Latinamericana, que sigue la entrevista con esta cronista, acostado sobre un amplio camastro para observar en detenimiento la obra Continuel-lumière au plafond, que pende del techo y mide cuatro metros de ancho por cuatro metros de largo. "Es uno de los mejores artistas del siglo XX en este campo del arte cinético. Todo sale de la nada, hecho a mano y con años de experiencia", sentencia Herzog. Y califica la propuesta de "existencialista, lúdica e inestable". "Entre otras muchas consideraciones que podemos hacer de la obra de Le Parc, debemos señalar que es lúdica, y una muestra sobre la memoria. Cada espectador la sentirá de una manera distinta porque todo es magníficamente inestable."
A pocas horas de la apertura al público, el próximo sábado, faltan pocos detalles de terminación de la puesta en escena de la muestra. Las salas están listas para ser recorridas, se está terminando de instalar las vitrinas con objetos y los vinilos de la línea de vida que ilustrarán al público sobre la trayectoria del artista. Las tres obras en colores que acompañarán el trayecto entre el ingreso al museo y la llegada a las salas también están a punto de deslumbrar.
-Dos veces habló de su interés por que haya un "libro de oro", ¿surgen de allí ideas para otros trabajos?
-Sí, pueden surgir o pueden crear interrogantes viendo cómo la gente recibe tal obra que uno ha imaginado de una manera y que se la toma de otra, que no era el objetivo. Si alguien dice "es el firmamento", yo no hubiera imaginado que podía ser el firmamento. Alguien puede decir que son extraterrestres o espíritus o fantasmas. Para mí son luces que se mueven en forma aleatoria.
-¿Y esos comentarios no lo hacen soñar con algo menos concreto que una luz que se mueve en forma aleatoria?
-Sí, me pueden hacer soñar cuando voy a cualquier exposición en la que me pongo en actitud contemplativa o participativa y veo las cosas como cualquier otro expectador.
-¿El vínculo con el espectador es el que más le importa?
-En general, el público tiene una gran capacidad de observación, de comparación, de reflexión, de admiración según los casos y cuando se le da la ocasión de manifestarse lo hace muy bien.
-¿Cómo se siente exponiendo en la Argentina?
-Siempre con mucha esperanza. En Mendoza hice dos exposiciones grandes y hay un centro cultural Le Parc con una esfera roja muy linda, muy grande. Para lo que he propuesto, creo que el público es muy receptivo.
-¿Puede llegar a abstraerse y ver arte como un espectador que no está dedicado al arte?
Sí, y creo que es fundamental. Lo que no me gustaría ser es un artista obtuso que piensa que lo único que es buen arte es lo que hace y lo de los demás no es bueno, que no necesita ser mirado ni considerado. Hay algunos artistas que son muy obtusos y que es su tendencia, fuera de ella no hay nada.
-El manejo del ego propio es bastante difícil.
Cualquier tendencia, cualquier medio expresivo, puede tener cosas que me lleguen a mí sin quedarme limitado.
-¿Cómo es Le Parc como público?
-[Se ríe anticipadamente porque sabe que la respuesta busca complacencia]. Me duelen las rodillas, estoy viejito. Voy a exposiciones, pero no todos los días. A veces, por su promoción personal, la estrategia de ciertos artistas es hacerse ver; hay gente que busca la cámara a cualquier precio. A veces forma parte de su idiosincrasia o de su personalidad. Y a veces puede ser divertido o simpático. Pero en mi caso no voy a hacer verme ver por los directores de museos, los comisarios, los curadores. Si voy es porque son amigos o porque me interesa la muestra.
-Teniendo en cuenta que la exposición en el Malba es de las décadas del 60 y del 70, ¿cuál es la actualidad de Le Parc?
-Siempre estoy trabajando en temas variados y esperando la jubilación.
-¿Qué haría un día como jubilado?
-Un autorretrato [se ríe largamente]. Me arruinaste el día si me decís que un artista no se jubila. La condena a seguir trabajando siempre uno la sabe desde el principio. Mientras uno pueda tener un lápiz a mano...
-¿Qué piensa cuando no piensa en arte?
-En mis objetivos inmediatos, en qué voy a hacer. Ahora [dice mientras el reloj marcan las 16.30] pienso en ver el partido de Brasil y Alemania, y que gane Brasil.
Lumière, inaugura pasado mañana, en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415. Abierta al público del 12 de este mes al 6 de octubre, de jueves a lunes, de 12 a 20. Entrada, $ 50 (miércoles, mitad de precio). Estudiantes, docentes y jubilados, $ 25. Socios Club La Nación Premium, 2x1.

MUCHO COLOR PARA RECIBIR AL PÚBLICO

  • Entre el acceso al Malba y las salas en las que se exhibe la obra de Le Parc, el público podrá disfrutar de tres trabajos que parecen darle la bienvenida e invitarlo a recorrer todo el museo.
  • Esfera amarilla, una suerte de "sol argentino", como le gusta definirlo a Yamil Le Parc, hijo del artista, flotará sobre las escaleras de acceso a las salas de la planta baja del espacio cultural.
  • Dos obras de acero inoxidable completarán la muestra. "Espejos" estará ubicada en un área cercana a los espacios específicos dedicados a Lumière y "Láminas reflectoras" será instalada en la terraza del museo. De esta manera, todo el Malba tendrá un aire Le Parc que acompaña la exhibición de la colección permanente de arte latinoamericano.

DE MENDOZA AL MUNDO

En su provincia natal sólo vivió sus primeros 14 años

JULIO LE PARC

ARTISTA PLÁSTICO
Edad: 86 años
Origen: argentino
  • Nacido en Mendoza, donde en su honor se inauguró el año pasado el Centro Cultural Julio Le Parc, hizo sus primeros estudios en Buenos Aires y, por medio de una beca del Servicio Cultural Francés, llegó a París en 1958, donde reside hasta la actualidad.
  • En 1960, fundó junto con otros artistas el Grupo de Investigación de Artes Visuales (GAV). Seis años más tarde, en 1966, obtuvo el Gran Premio Internacional de Pintura de la 33ª Bienal de Venecia.
  • A lo largo de su trayectoria, hizo sólo tres grandes muestras de sus obras en la Argentina. En el Instituto Di Tella, poco después de la distinción de Venecia; en el Palais de Glace y en el Museo Nacional de Bellas Artes, y en Mendoza y en Córdoba entre 1999 y 2000.
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miércoles, 2 de julio de 2014

Ocho fundadores de un humor nuevo

De Gombrowicz a Eduardo Mendoza, pasando por Jardiel Poncela y John Kennedy Toole



La risa es uno de los mayores afluentes de la modernidad literaria. En el siglo XX la naturaleza froteriza del género ha adoptado una gran diversidad de formas. Éstos son 8 de escritores de humor imprescindibles.


Witold Gombrowicz

Witold Gombrowicz
Elogio de la inmadurez
“Soy algo así como un comprimido de aspirina que descongestiona”, le confesaba el polaco Gombrowicz a su entrevistador Dominique de Roux poco antes de su muerte. Y, también, “yo soy un humorista, un guasón, un acróbata y un provocador. Mis obras hacen piruetas para agradar: soy circo, lirismo, poesía, horror, alboroto, juego, ¿qué más se puede pedir?”. Su primera novela, Ferdydurke, nació como sátira pero creció en forma de metáfora universal sobre el pulso entre la Inmadurez (el estado natural, incompleto, del ser humano) y la Forma (la Cultura, la ideología, todo sistema). El estallido de la Segunda Guerra Mundial le pilló en Buenos Aires, donde permaneció durante 23 años en los márgenes de los cenáculos literarios. La traducción colectiva deFerdydurke al español, con la ayuda de sus cómplices en la bohemia porteña, forjó un idioma que Ricardo Piglia definiría como extraterrestre, sembrado de poderosos, elocuentes neologismos: nopodermiento, cuculillo…


P. G. Wodehouse

P. G. Wodehouse
¡Es tan british!
“Escucha Jeeves, Priscilla Doody / me persigue, esa chica / está obsesionada, Jeeves / llena de charlestón, / lo quiere bailar / conmigo esta noche”, cantaba Paolo Conte en su canción Jeeves, en la que condensaba con pertinente ingenio la dinámica de las historias protagonizadas por el zángano de clase alta Bertie Wooster y el mayordomo Jeeves que inmortalizara P.G. Wodehouse, fino estilista del humor más genuinamente british. La fórmula se mantuvo imperturbable en todo el canon integrado por 35 relatos y 11 novelas publicadas a lo largo de casi seis décadas: bastaba una llamada de ayuda al diligente Jeeves para salvar esa Arcadia de clase alta de las periódicas amenazas de caos que el torpe Wooster atraía como un imán. No fueron la única creación inolvidable en el nutrido y excéntrico elenco de personajes -del dandy de monóculo y verba aguda PSmith a los habitantes del castillo Blandings- que el autor encerró en ese Paraíso perdido del humor blanco.


Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna
Vanguardista inflamable
Tras cerrar unas tijeras abiertas sobre su escritorio “como cuando los pelícanos abren el pico los días de calor”, Ramón Gómez de la Sernasalió al balcón y creó una nueva forma para lo cómico. La greguería, o la suma de humorismo y metáfora. “Las greguerías iban a ser en la España de frase ancha, de contextura refranera o grave, la captación de lo instantáneo, de lo que llamaba la atención sobre el vivir intenso de los átomos que nos forman y componen en definitiva”, escribiría años más tarde en su abrumadoraAutomoribundia. Motor infatigable de lo nuevo, vanguardista impenitente, conferenciante con baúl, orfebre de lo fragmentario, Ramón conquistó también la excelencia en el terreno de la novela, firmando obras tan visionarias como el laberinto metaficcional de El novelista o la juguetona y lúcida Cinelandia, ambientada en un Hollywood descrito como espejismo de cartón piedra y Babilonia de paraísos artificiales.


James Thurber

James Thurber
Casi un piano con tetas
“Permítaseme ser el primero en admitir que la pura verdad acerca de mí es a la pura verdad acerca de Salvador Dalí lo que un viejo ukelele en la buhardilla es a un piano en un árbol, y me refiero a un piano con tetas”, escribía James Thurber tras leer La vida secreta de Salvador Dalíy caer en la cuenta de que su infancia de muchacho de Ohio poco podía competir con la auto-mitificación del surrealista que presumía de mordisquear murciélagos, besar caballos muertos y frotarse con estiércol de cabra. A esas alturas, Thurber había escrito dos de sus relatos más emblemáticos –La vida secreta de Walter Mitty y Un unicornio en el jardín-, apologías del poder (transformador) de la imaginación de los tipos ordinarios. Dibujante de trazo dubitativo –“sus dibujos parecen galletas a medio hornear” dijo Dorothy Parker-, fue el gran puntal de la escuela humorística del New Yorker.


Enrique Jardiel Poncela

Enrique Jardiel Poncela
Contra el mazacote
Discípulo de Gómez de la Serna,Jardiel Poncela aprendió de su maestro el repudio a las construcciones de mazacote, piedra y granito –emblemas de la vieja sensibilidad heredada del XIX- y el gusto por un nuevo tono “arrancado, desgarrado, truncado, destejido”. Escribió en sus Máximas mínimasque “intentar definir el humorismo es como pretender pinchar una mariposa con un palo del telégrafo” y que “el humorismo es el zotal de la literatura”, pero también que “en el fondo de todo humorismo hay desprecio”. Junto a López Rubio, Neville y Tono, viajó a Hollywood para adaptar diálogos en las versiones hispanas de algunas películas americanas, pero el destino podría haberle convertido en figura clave de esas screwball comediesque tan bien habrían sintonizado con su humor cosmopolita y sofisticado: el que recorrió novelas tan libres y desbordantes de ingenio como Amor se escribe sin hache o Espérame en Siberia, vida mía.


Flann O'Brien

Flann O’Brien
Un sátiro para la serie 'Perdidos'
Admirado por James Joyce, Jorge Luis Borges, Anthony Burgess, Graham Greene, Dylan Thomas y los guionistas de Perdidos –que lograron reactivar las ventas de su novela El tercer policía tras incorporarla al imaginario de la serie-, O’Brien, cuyo nombre real era Brain O’Nolan, es el eslabón perdido entre la sátira irlandesa y el posmodernismo literario. De Selby, pensador delirante que nació en las abundantes notas a pie de página de El tercer policía para ejercer de personaje en toda regla en Crónica de Dalkey, es una de sus más portentosas creaciones cómicas: alguien capaz de sistematizar el delirio, discutir la Teoría de la Relatividad y romper la linealidad del espacio-tiempo, mientras mantiene debates dialécticos con San Agustín. En-Nadar-Dos-Pájaros fue su obra maestra: una novela de novelas que se abría con tres líneas narrativas distintas que se ramificaban, interrelacionaban y acababan, directamente, fornicando entre sí en una lúbrica orgía de palabras.


John Kennedy Toole

John Kennedy Toole
Los necios de la conjura
La ausencia de teología y geometría en un mundo moderno sometido a la desintegración del caos y las malas costumbres cerraba la válvula pilórica del desaforado Ignatius Reilly, con consecuencias por lo general catastróficas, en las páginas de La conjura de los necios, novela de una comicidad avasalladora con una historia terrible detrás. Su autor, John Kennedy Toole, puso fin a su vida a los 32 años de edad, víctima del desaliento provocado tanto por su largo pulso con el editor Robert Gottlieb –convencido del potencial del escritor, pero incapaz de enamorarse de su novela- como por posteriores rechazos editoriales. La tenacidad de la madre del autor logró que el libro se publicara una década después de la tragedia. El premio Pulitzer coronó en 1981 esta catedral de la farsa con personajes tan inolvidables como el sufrido patrullero Mancuso, la stripper con cacatúa Darlene o la novia contracultural Myrna Minkoff.


Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza
Barcelona demencial
Después del ambicioso debut que supuso la poliédrica La verdad sobre el caso Savolta (1975), Eduardo Mendoza encontró en el innominado protagonista de El misterio de la cripta embrujada al perfecto agente provocador para subvertir los discursos oficiales sobre una ciudad demasiado pagada de sí misma. Con su arcaizante manejo del lenguaje, evocador del esplendor de la novela picaresca, y esa lógica alucinada que fracturaba la dinámica narrativa de la serie negra -¿podría haber ahí un precedente de El Nota y del Doc Sportello de Vicio propio?-, el errático paciente del doctor Sugrañes siguió recorriendo el camino que separa a la Barcelona lumpen de la post-olímpica en El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y El enredo de la bolsa y la vida. En Sin noticias de Gurb y El asombroso viaje de Pomponio Flato el humor de Mendoza se puso a prueba en otros registros.